Que el gobierno termine su mandato

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por Lucas Carrasco

Existe cierto consenso entre los voceros oficiosos del gobierno -el periodismo militante, bah- en que Macri reaccionó tomando medidas del agrado (de su) público luego de conocer su caída en las encuestas. Lo cual revela la perversidad y el cinismo detrás de la toma de decisiones y la tácita aceptación de que sus últimas medidas de gobierno son sádicas. Un encanto los defensores del gobierno.

Por supuesto, reducen la cuestión del descenso en las encuestas al bochorno de Triaca y la represión y posteriores desmanes frente al Congreso, entre otras razones por el encubrimiento sistemático del resto de los escándalos que rodean al gobierno. Y que por cierto son mas graves. Y profundos.

Antes de las elecciones legislativas era fuerte la sensación en algunos grupos minoritarios de que el gobierno iba a tener dificultades para terminar su mandato. Esta “sensación de inseguridad” institucional era compartida por dos grupos minoritarios: los grandes empresarios y grupúsculos de “izquierda”. Solo disentían en los deseos: los primeros querían que termine en tiempo y forma, los segundos, que no.

Luego de las elecciones legislativas donde Cambiemos ganó en votos y fue aún más contundente su triunfo en lo simbólico, esa “sensación de inseguridad” institucional se revirtió y ya se planificaba no solo la reelección de Macri, sino la asunción luego de Vidal, luego de Rodríguez Larreta y hasta Antonia no paraban. Dos meses después, volvía la “sensación de inseguridad” con la rebaja de haberes jubilatorios y asignaciones a la niñez pobre: en pleno diciembre hubo desmanes en el Congreso, radicales volviendo a votar algo que les desagrada, sospechas de corrupción en el peronismo amigable, intentos de saqueos, reuniones de gobernadores, presiones devaluatorias. Un cóctel que cualquier argentino conoce. Un cóctel más peligroso que las molotov y los morteros: el fantasma de la ingobernabilidad.

En los medios de la derecha se comenzaba a levantar a María Eugenia Vidal, el cuadro político más carismático del PRO y el mejor evaluado por la sociedad, como sucesor. Lo cual revela más que una operación el temor a que el núcleo duro opositor a Macri crezca y el inteligente clivaje que instaló Durán Barba de kirchnerismo versus antikirchnerismo (a dos años de su salida del gobierno) se debilite y pierda eficacia electoral en pos del peor de los mundos para el mundito donde vive Durán Barba: macrismo versus antimacrismo. Ese es el peor de los mundos porque el macrismo no existe, lo que existe es el antimacrismo. El macrismo como tal son una asamblea de trolls en una sede de SOCMA.

Mucha gente votó a Cambiemos por este miedo a la ingobernabilidad. Como dicen que se hace en el yudo (soy negado para los deportes) se utilizó la fuerza contraria para beneficio propio. El discurso opositor generaba la sensación de que estaba en jaque el gobierno y que si La Dama avanzaba derivaba en jaque mate. Un voto defensivo salió de ahí.

 

Que el gobierno termine su mandato es una necesidad estratégica para la salud de la democracia argentina. Desde 1.928 que un gobierno no peronista no termina su mandato. Y desde Néstor y Cristina Kirchner que un peronista no termina su mandato: desde, apenas, el 2003. Antes sí terminó su mandato Carlos Menem, pero el peronismo no pudo lograr esta proeza en continuado por las renuncias de Camaño, Puerta, Rodríguez Saá y Duhalde. Nuestra democracia es joven, pero como los jóvenes posmodernos no se decide a abandonar la adolescencia.

 

La institucionalidad no vale en sí misma (no tiene valor ontológico, como pregona el republicanismo trucho) en tanto y en cuanto no favorezca a la mayoría de la población. Pero el caos institucional, que nuestra historia nacional conoce de sobra, ha sido tan negativo para las mayorías que por antagonismo la institucionalidad se convierte en un valor. Aún cuando sostenga políticas que, a criterio discutible pero legítimo, sean contrarias a las mayorías.

Los discursos destituyentes corroen las instituciones, favorecen en el corto plazo al gobierno y son, además, irresponsables y estúpidos.

La oposición debería correrse y aislar a estos sectores y personajes que hacen del miedo al caos un arma de batalla.

Y ya en muchos casos, la gran parte de la oposición está actuando de esta manera, incluyendo a la mayoría del satanizado kirchnerismo y la mayoria de los partidos políticos de la izquierda radicalizada, que en sus prácticas concretas participan activamente (y lo bien que hacen) de la “institucionalidad burguesa” que en sus discursos, comprensiblemente, deploran.

El gobierno, por su parte, no debería creérsela ni jugar al matón de la clase bajo la suposición que eso le da “autoridad” o “restablece el orden”. Esas ideas estúpidas provocaron la renuncia del radical De La Rúa y del peronista Duhalde.

Y le convendría apostar al diálogo, no al monólogo con los convencidos, dado que tiene minoría en ambas Cámaras del Congreso y la mayoría de las gobernaciones e intendencias son de otro color político. Por razones prácticas, si no quiere atenerse al Manual del Buen Republicano que escriben para los otros como el herrero con cuchillo de palo, debería hacer su parte para ahuyentar los discursos destituyentes y no asimilarlos a la legítima oposición, por más crítica que ésta sea.

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