Los autitos criticadores

0
280

por Lucas Carrasco

Como jugando a los autitos chocadores, todos andan pidiendo autocríticas al otro, al que atropellan. Se requieren con suma urgencia y pronto despacho autocríticas a los gritos. Y para cumplir, nunca falta el servil que, con cara de mayordomo inglés en novela de misterio, se autocritica encima. Para solicitar, luego, los pañales del reconocimiento.

Las autocríticas van siempre, a diferencia de la simpática torpeza de los autitos chocadores, hacia la misma dirección, como en una pista de aterrizaje: la comunicación. La remanida, aburrida, pervertida señalización de “los errores en la comunicación”.

¿Y si las cosas fueran, sencillamente, más complejas?

En la religión neoliberal se dice: hay problemas de comunicación, el semipresidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, debió aparecer en la conferencia de prensa con los Ministros de Endeudamiento y el Jefe del Gabinete de Trolls, como un pelado más triste, más humillado, más en bancarrota moral. Quizás debieron sentarlo con un bonete. O por qué no, llamar a la escenógrafa de canales de cable, Patricia Bullrrich, y ponerlo a Sturzenegger con casco, en calzoncillos y chaleco antibala.

En la izquierda estalisnita, precursora de las autocríticas ajenas, se habla de la falta de profundización. Siempre, ante cualquier acontecimiento histórico, el problema es de naturaleza petrolífera: faltó profundizar. Claro que profundizar es más caro (y alguien tiene que pagarlo), pero esos detalles (por ser demasiado complejos) no vienen a cuento. En la izquierda trotskista, también, lo de siempre: el problema es moral. Expertos en moral ajena, tienen una solución Sprayette para todo con la sarasa de las asambleas y esos cuentos. En el campo nacional y popular, dicen lo mismo que (ahora) el PRO: la coartada de los errores de comunicación. O algo más fabuloso con el metalenguaje del peronismo mítico de no se cuándo. De Menem, probablemente no. De Duhalde, menos. ¿De Perón? Bue, ponele. A Perón los peronistas lo quieren mucho cuando están fuera del poder. Siempre hay un señor con bigotes que para explicar su última traición habla del peronismo de Perón. Y Evita. O Perón y Balbín. Depende de con quién estén buscando quedar bien. Todo muy lindo pero, muchachos, con ese cuento ya navegaron todas las ideologías y alianzas posibles. Fin del recorrido. Se quedaron dormidos en el tren, ya está.

Volvamos. ¿Y si las cosas, sencillamente, fueran más complejas?

Por ejemplo: ¿tanto cuesta, en la religión neoliberal, sincerarse y decir: “estábamos equivocados sobre la independencia del Banco Central, tenían razón los kirchneristas, los progresistas y la izquierda”? Después de todo, hablamos de cuestiones procedimentales, no del contenido ideológico. No es taaaaaan grave.

Pero si cuesta tanto aceptar con mayor profundidad la evidencia empírica del error en cuestiones procedimentales (por ejemplo: ¿hay que profundizar las metas de inflación? ¿hay que decidirlas en una asamblea de trabajadores?) más costará ir al hueso. A las cuestiones ideológicas.

Cuando uno predicó toda su vida ciertos enunciados que, al traducirse a la realidad, no funcionan, debe corregir esos enunciados, y en lo posible, buscar nuevas herramientas para obtener las bonitas metas que nos hicieron sentir, durante el tiempo en que no se implementaban los instrumentos que predicábamos, superiores éticamente.

Adjudicar a la maldad o la estupidez ciertos fracasos estructurales, es un atajo tonto.

¿Por qué la Argentina tiene uno de cada tres habitantes bajo la (de por sí poco exigente) línea de pobreza, si desde todos los campos ideológicos se pone a la pobreza como la prioridad? Algo está fallando. Y no es un error de comunicación. O sí, pero de comunicación social, de cobardía intelectual, de falta de pensamiento crítico, que no es lo mismo que jugar a los autitos chocadores exigiéndoles a los otros ¡autocríticas, autocríticas! Quizás, sencillamente, las cosas son más complejas. Y nos hemos equivocado en nuestras ideas.

No hay por qué azotarse con silicios humillantes. Ni dejar de buscar los objetivos nobles por los que, alguna vez, allá lejos y hace tiempo, nos interesamos por esa trama de amarguras que resultó ser la vida pública. Sencillamente, hay que aceptar que las cosas son más complejas,  hay que seguir buscando instrumentos, y hay que dejarse de joder con discutir a gritos quién fracasó más que el otro.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
NOMBRE